PASAJES DE BARCELONA (I)

Me quedo solo en Barcelona. Es sábado por la tarde y me apetece salir por ahí a dar una vuelta. A ver libros. Empiezo por la FNAC, en L'Ila, cerca de casa. Reviso, por encima, las estanterías de novedades y nada de lo que veo termina de convencerme. Al lado, donde las ediciones de bolsillo, me ocurre igual. Dudo si coger alguno de los ensayos de Borges y abrirlo. Conforta ponerse a hojear a Borges. Te hace sentirte bien. Tú: el croissant. Tú: la catedral del mar. Yo: Borges. ¡Buen chico!.

De camino a La Central -otra librería que hay en la calle Mallorca- entro al Corte Inglés. Aún no son las cinco y está casi vacío. Extraña verlos así a los grandes almacenes: con las vendedoras desconcertadas, sin saber muy bien si en esas circunstancias les merece la pena ponerse a hablar entre ellas o, mejor, optan por quedarse calladas mirando a las musarañas, recordando... . Los libros son poco más o menos los mismos que había en la Fnac. Les echo un vistazo a algunos de entre los que no había abierto allí y leo sus comienzos. No me gustan, me parecen malos. No tienen nada que ver conmigo: ni lo que cuentan ni tampoco los modos que emplea su autor para decirlo.

Ya estoy en La Central, y en La Central, en cambio, hay bastante gente. Gente con pinta de leer mucho: perillas, piercings diminutos, un amplio surtido de gafas de colorines, zapatos camper... pisan un suelo de madera que cruje a cada rato. El sitio es así. Está bien.

Aparece por la puerta, Azúa, con un bolso colgado en bandolera. Me entran ganas de saludarle, decirle: "¡qué hay Félix!, soy amigo de tu amigo Lansky, leo tus artículos en la red y me gustan bastante", pero como el tío no va a saber quién es Lansky y a lo mejor el tal Lansky, ¡vaya, el que yo conozco! ni siquiera existe, me callo. Sopeso, luego, la posibilidad de hacerme el interesante y hablarle al escritor de un libro de él que tengo por casa: "Un encuentro en Jena", o algo parecido, del que no debe acordarse ni dios. Pero lo cierto es que el libro no pude acabármelo y desecho también, por una cuestión de honestidad, la historia esta de Jena como excusa para romper el hielo y tratar de que ambos entablemos conversación. Retorno a la calle ligeramente contrariado conmigo mismo. ¡Tampoco iba a arruinarme la vida que al interfecto no le cuadrara hablar con un extraño esa tarde y me pegara un corte!. A nadie nos gusta que nos aborden de improviso y nos larguen un rollo: la que se dedica a eso suele ser gente con la autoestima un poco baja que, al final, lo que quiere es que le pidas perdón.

Afuera, al lado de la librería, hay un bar. Es sábado y entro a tomarme un whisky. No es de garrafa y el precio que pago por él me parece justo.

Tras dejar el bar, encamino mis pasos hacia una librería de segunda mano que hay en una bocacalle al inicio de Via Augusta. Al final del Paseo de Gracia, justo antes de que el bulevar comience a estrecharse y se convierta en calle, distingo otra librería más: "Llibreria Roquer". Y en el trámite -repetido ya hoy por cuarta vez- de ponerme a curiosear los volúmenes expuestos a la venta, abro uno, en el que no había reparado todavía hasta ese momento, que comienza diciendo: "En Roma, por la noche, parece que se oigan leones". Lo cojo, voy hasta la caja y lo compro, deseando saber muchas más cosas de una historia que se abre al mundo con una frase tan buena como esa: "en Roma, por la noche, parece que se oigan leones".

Es sábado. Paso junto a otro bar y entro a tomarme otro whisky. Con los rugidos nocturnos de los leones romanos guardados dentro de una bolsa de plástico. El dueño del bar es un marsellés hijo de españoles, de Murcia, y nos ponemos a hablar de Barcelona y Marsella. Aparece un único cliente. Un sujeto gordo, de más o menos mi edad, que está escuchando un reproductor de mp3's. Es moreno de piel y tiene los ojos muy verdes. Suda. Le pregunto que es lo que escucha y él me pasa -tras desprender la telilla de gomaespuma que los reviste- los dos auriculares. "¿Qué te parece?", me inquiere cordial. Lo que escucho me suena a new age y se lo digo. "Sí, no sé, últimamente escucho a James Taylor, Crosby, Still, Nash and Young y cosas por el estilo". Le hablo de Ben Taylor, el hijo de James Taylor y Carly Simon. "Algo me suena haber oído...". El tipo, Gustavo, me resulta amistoso, franco -te mira directamente a los ojos. Me cae bien.

"Sí, sí, mi abuelito se fue para Méjico con una mano delante y otra detrás y lo ayudó uno de los Arango, los de los VIPS, que también habían llegado pobres de Asturias unos años antes, a montar un negocio de panificadoras. Llegó a ganar mucha, mucha, plata". "Hugo Sánchez es un pinche de mierda, lo vi un día en Madrid, en el Suntory, iba con un grupo de amigos, y uno que era muy madridista, muy tímido, me pidió que le pidiera un autógrafo, se lo dije al maitre si lo molestaría al señor Sánchez que nos firmara un autógrafo, y él, el muy cabrón, lo despachó al buen hombre, con cajas destempladas". "Acá estuve viviendo en La Coruña, en Gijón, en Madrid... en Madrid vivía, lo recuerdo perfectamente en la calle Maldonado, ganaba mucha pasta con un rollo de multipropiedad que monté con un italiano y otro mejicano pero al final se fue todo al carajo y me quedé sin un chavo". "En Joy Eslava tenía botella y salía todas, toditas las noches a ligar y divertirme, ¡qué tiempos!". "Me casé con una chica de acá, de Badalona, y luego me divorcié, tengo una niña de ocho años....". "Mi familia es vasca y nos reuníamos todos cada verano en casa del abuelo en Acapulco. Cuando el abuelo o la abuelita hablaban, todas las nueras a cerrar la boca; todas, chitón, más calladas que arañas". "Trabajo mucho, al quedarme sin nada me hice cocinero. Trabajo en el Fórum. Demasiadas horas. Hay almuerzos en los que servimos más de mil cubiertos. Lo mejor es comer, sí... comer es lo mejor de todo, mejor que chingar, tal vez...". Van cayendo los whiskies con Gustavo, otros dos. Pago. El dueño del bar, y camarero del bar, todo en uno, se empeña en invitarnos a otra ronda. Vale. Pero no le dejo que me ponga ni un dedo. Voy mal.

En la calle de regreso a casa me detengo en uno de los tres sitios para comer, recomendación de mi reciente amigo, que me coge de camino: Byblos. Un snack bar con especialidades libanesas. Según Gustavo, el dueño sacrifica el mismo los corderos. De entre todo lo que me ha dicho eso es lo único que me cuesta creerme. Voy comiéndome el bocadillo por la calle. Está de cojones.

Ya en mi cuarto, tumbado en la cama, en lucha con un sueño pegajoso y casi, casi, dando traspies entre un renglón y otro a causa de los vaivenes provocados por los whiskies, comienzo a leer:

<em>"En Roma, por la noche, parece que se oigan leones. Entre sus cúpulas negras y sus colinas lejanas, en la sombra aquí y allá centelleante, un murmurio indistinto en la respiración de la ciudad y a ratos un sonido ronco de sirenas, como si el mar estuviera cerca y del puerto partiesen naves hacia saber qué horizontes, y, además, ese sonido, vago y salvaje, cruel, pero no carente de una extraña dulzura -el rugido de los leones- en el desierto nocturno de las casas"</em>

y aunque trato de aferrarme al párrafo a la desesperada, con los dedos tensados y la cabeza dándome vueltas, del revés -como un murciélago joven enfermo de vértigo- caigo profundamente dormido.

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PARA LEER: El Gatopardo (TOMASI DI LAMPEDUSA)

PARA ESCUCHAR: Another Run Around The Sun (BEN TAYLOR)